Historias de Chile

Don García Hurtado de Mendoza

 

Crescente Errázuriz

 

 CAPÍTULO VII: Asuntos eclesiásticos en Santiago. [1]

 

Para no interrumpir la narración, sigamos a fray Gil González a Santiago y refiramos los únicos sucesos dignos de recuerdo que en esos meses ocuparon a la capital, sucesos relacionados con la iglesia. Así podremos después mirar sólo a la campaña del sur.

Llegado fray Gil a Santiago, lo invitaron los vecinos y, como los vecinos y moradores, el teniente de gobernador Pedro de Mesa, a fundar en la ciudad el primer convento de su orden.

La piedad y religiosidad, tan generales entonces, explicaban suficientemente esas instancias. No sería raro, sin embargo, que -como lo apunta el mismo padre González- procediese el comendador Mesa por instrucciones del gobernador.

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Los Lísperguer y la Quintrala

 

Benjamín Vicuña Mackenna

 

 

Capítulo VI: El Proceso de La Quintrala y su Testamento. [5]

 

XXVII

Fuera de estas nimiedades mundanas, postrimerías del genio mujeril, toda la pasión y angustia de la criolla moribunda está reconcentrada en su alma en la hora final y arrepentida. Limita sus afecciones terrenales a un sobrino, que lleva el nombre de su abuelo materno, el de su padre y el de su propio hijo único, muerto éste último en la infancia, aquellos en el lecho de alevoso parricidio, por su mano y el de su abuela. Y al mismo tiempo otorga algún favor a un caballero patricio de la colonia y antiguo servidor o amigo de su casa. Pero todo lo demás lo lega al pago de sus culpas, y con tan ávida profusión que hizo de su ánima en más pingüe mayorazgo eclesiástico de aquellos tiempos. Verdad es que lega veinte mil pesos a su sobrino Gonzalo de los Ríos y Covarrubias, pero es para que sea clérigo y ore por ella. Todo lo que aparta para el mundo son doce mil pesos que regala, en agravio de sus deudos y del decano de los suyos Juan Rodulfo Lísperguer, a un vecino de la ciudad que no es de su familia, ni siquiera de su raza. [1]

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Los Lísperguer y la Quintrala

Benjamín Vicuña Mackenna

 

Capítulo VI: El Proceso de La Quintrala y su Testamento. [4]

 

XX

En cuanto a sus devociones e imágenes en lienzo, que eran de uso tan común en esos tiempos dentro y fuera de los aposentos, Doña Catalina no había metido muchos clavos en la tapicería de sus aposentos para sustentar los últimos. No tenía oratorio. ¿Para qué habría de usarlo pudiendo contemplar desde sus ventanas los altares de la vecina iglesia, fundada por sus abuelos? Apenas encontramos en los inventario de Don Martín de Urquiza una media docena de santos de la devoción de la familia Lísperguer, un San Agustín y un San Nicolás, y estos dos lienzos que apuntamos como rezan sus ítems: “Un Santo Cristo estropeado”, una verónica de tres caras”. Entre tanto, las casas solariegas de Santiago eran por esos tiempos un año cristiano empastado en tejas.

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Los Lísperguer y la Quintrala

Benjamín Vicuña Mackenna

 

Capítulo VI: El Proceso de La Quintrala y su Testamento. [3]

 

XI

Fuera de estas muestras do fausto, vivía Doña Catalina en su espaciosa casa de la calle del Rey, sola, triste y maldita, pero rodeada de cierto lujo y ostenta que no desdecía ni de su rango ni de su orgullo. Sobre la magnificencia de su casa como arquitectura y ornamentación bastará decir que un juego de clavos de bronce y unos mascarones nuevos que tenía listos para adornar la puerta de calle, según la usanza de aquel tiempo, y de la cual se ven todavía raras reliquias en los portones de Santiago, copiados sobre los de Pamplona, fueron vendidos después de sus días, en 350 pesos, equivalentes a dos mil hoy día. Se ve por esto que el lujo de los santiaguinos ha sido siempre de la puerta de calle para afuera

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Los Lísperguer y la Quintrala

Benjamín Vicuña Mackenna

 

Capítulo VI: El Proceso de La Quintrala y su Testamento. [2]

 

VI

Habría tal vez este postrer homicidio, que hace subir a catorce las muertes conocidas y juzgadas que debía Doña Catalina de los Ríos desde su primer parricidio, habría hecho desbordar, decíamos, la ancha copa de la justicia, aun tal cual entendían la última, los codiciosos oidores españoles en América. Pero el demonio del mal envió a Doña Catalina, en los últimos días de su existencia y de su impunidad, un auxiliar poderoso y que fue en su género tan malvado como ella.

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